La fe de Victoria

En mi familia, mi abuela fue primero, después de mi madre y mis hermanas.
Mi abuela me enseñó que el camino de la vida es duro, me castigaba y crió a la antigua, de niña tenia que esconder "el chiquote" para que no me cayera uno de sus indeseables roces, aquel instrumento era un látigo de tres puntas, que hasta el día de hoy desconozco su origen y materia prima.
A pesar de su rectitud en mi crianza, guardo los recuerdos más lindos de mi infancia con ella, como los paseos en el parque durante las tardes de invierno, donde el viento frío era reemplazado por sus cálidas manos trabajadoras convirtiéndose en mi abrigo después de las seis y al llegar a casa una taza de leche caliente completaba el día.
Mi Tata, fuente de energía y luz opacada por sus tristes vivencias, una peor que otras desde su natal Carhuaz hasta su enfermedad en Lima, buscando el amor y la estabilidad en una capital injusta que le dio más dolor que esperanza, aún así se instaló, tuvo tres hijos de relaciones distintas y cada una de ellas dejó su corazón agotado, adolorido y sin esperanza de encontrar alquien que cuide de ella y sus hijos.
Desde que tengo uso de razón mi Tata se llamaba así, hasta que escuché «Victoria»; el nombre más largo según yo de niña porque el mío tiene mas letras; que escuché, me parecería extraño que mi tata tuviera nombre, lamentablemente con el paso de los años en mi adolescencia y adultez no tuve el interés por descubrir su valor, tema aparte para un capítulo de arrepentimientos.
Mi tata era muy estricta, no quería que vea el Chavo del ocho porque decía ella, "me volvía idiota", tal vez le hubiera hecho caso, ironías de la vida, en fin, su manera de corregirme sería hoy en donde vivo, un horror del mundo moderno, en América fue un tipo de educación muy común aún así sigue siendo cuestionable.
Me llevaba y recogía del colegio hasta los siete años, un viaje de ida y vuelta que le quitaba dos horas diarias de vida, más adelante, ese trayecto se convertiría en tres horas, cinco veces a la semana. Al despertar un extracto de zanahoria y beterraga eran los sabores más educadores y amargos para una niña de cinco años, los cuales ahora agradezco ya que supongo han influenciado hoy en mi salud, pero a decir verdad fue una tortura matinal.
Con el tiempo y la separación de mis padres, mi Tata buscaba independencia, trabajó en una casa de familia adinerada que la trataban como parte de su círculo, venía solo los fines de semana con bolsas de pan rellenas de jamón y queso que sobraban de la residencia, sabor exquisito que nunca antes hasta los 12 años había experimentado. Los ahorros que recogía de ese trabajo le servirían para comprar una casa para ella y sus últimos años.
Luego vino uno de los primeros capítulos más impactantes en mi vida y creo que también en la de mi madre, un cáncer de riñón se apoderó de su frágil cuerpo, con 60 años yo la creía inmortal, invencible que ella me enterraría a mi y lloraría por mi ausencia lo cual me causaba mucho dolor, sin embargo fue al revés.
Después de varias visitas al médico, pastillas, tratamientos naturales, y consejos de un tratamiento de quimioterapia, ella desistió, se dejó llevar por un anuncio en la radio que invadió sus creencias religiosas, se dejó llevar por un aviso charlatán que la dejó expuesta a manos de un rápido deterioro de su enfermedad, una publicidad la cual pregonaba el pago de diezmos a cambio de un espacio en el cielo, el pago por una medicina a cambio de una cura.
Cegada por su fe en esa supuesta iglesia, una tarde fui con a ella uno de sus locales asentados en una carpa de la Plaza Grau de Lima, corrían los años 90. Al llegar a la puerta mi Tata se desmoronó, antes de ello un hombre con voz de vendedor se nos acercó a preguntarle su nombre, con voz entrecortada y casi en el desmayo dijo "Victoria", los hombres citaron palabras de la Biblia y se fueron, así como ella empezaron a llegar personas desahuciadas, enfermas, moribundas solo con su fe en las manos y a la espera de un milagro para curar su angustia.
El acto principal consistió en demostrar que una pequeña botella de aceite o agua; hasta ahora no sé lo que ese frasco contenía; era milagrosa, exorcizaba y también curaba. Las clases de oratoria de aquel supuesto pastor estuvieron acompañadas de una mujer que se desmayó con el contacto de aquella cura divina y por obra y gracia de su contenido se «curó».
Pero todo no podía ser tan extraordinario, ya que aquella pócima milagrosa tenía un precio, empezaron con un tope de 100 soles, para lo cual ni los porteros se atrevían a pagar, luego fueron bajando de 10 en 10, cuando sonaban los 30 soles el público empezó a desembolsar la cantidad que pedían, al ver los organizadores que nadie más se atrevía a comprar su «descubrimiento divino» rebajaron el precio hasta los 5 soles, cantidad que desembolsé después de que la mirada de mi tata se clavara en mi para comprarla, al fin y al cabo, tal vez ella sabía que solo era una colaboración para la crecimiento de la supuesta «Iglesia»
Fue la primera vez que me cuestioné la desigualdad en los hombres, la hipocresía, la mentira, la injusticia y lo frágil que puede ser el secuestro de la fe en alguien tan vulnerable como ella.
Ella nunca quiso ir al tratamiento de quimioterapia porque le dijeron que su fe en Cristo y el diezmo la salvarían, meses después, luego de una larga agonía, falleció.
Se fue una mañana de invierno, mi mamá me despertó diciendo, Eli tu Tata ya está mal, a lo que me desperté fui a su cuarto y estaba delirando, volteaba la cabeza para todos lados, su cuerpo la estaba abandonado, no nos reconocía, aunque días antes mencionaba a su tierra querida como si estuviera ahí, como si todavía fuera una niña que salía a pastorear con sus hermanos en las altas montañas de nuestro Perú.
Luego de unas horas exhaló su último aliento y no volvió a respirar jamás, con mis manos cerré sus ojos que después de unos segundos se volvieron a abrir, tal vez fue el espasmo de su cuerpo que no sabe que el corazón ya no funciona o fue su alma aferrada dando su último adiós.
El siguiente relato puede ser un poco chocante para el lector, pero me atrevo a contarlo a modo de terapia personal. Después de la muerte de mi Tata, aún en su lecho; mi madre y yo que presenciamos el deceso; debíamos limpiarla para su funeral, levantamos sus piernas rígidas y frías como el invierno más gélido, y de sus entrañas expulsó unos coágulos marrones de los cuales no puedo expresar su olor, con mi madre nos miramos y comentamos que era el cáncer que la había consumido y que murió también con ella, tras varias emanaciones de esa sangre oscura y espesa y después de tratar de limpiar con papel periódico la ropa y las sábanas manchadas con esa sustancia, el cuajo se detuvo.
Al funeral llegaron vecinos y familiares que protagonizaron duras escenas de dolor, mi Tata fue querida en el barrio, por ser dedicada a su hogar a su familia y sobre todo a sus nietos.
Cuando mi Tata se fue sentí un profundo alivio, el dolor se había ido y como adolescente alcornoque que era, ya no me dedicaría a ella y tendría más horas en mi rebelde agenda juvenil, capítulo aparte para otra entrada.
La escritura me ayuda a expresarme, me facilita a superar mis pesadillas y traumas y hoy un día especial para las mujeres de la humanidad quise contar parte de la historia de una de las más influyentes de mi vida. No cuestionó la fe en Dios sino de aquellos que de ella crean mentiras y se aprovechan de la vulnerabilidad de sus creyentes.
¿Dónde estará el diezmo? ¿Dónde estará el dinero de las personas que compraron la mágica pócima? no lo sé, pero estoy segura que al cielo no ha llegado.
Gracias Tata por enseñarme a ser fuerte e independiente, este capítulo dedicado a ti y a todas las mujeres que siguen adelante solas con hijos o no y que se sienten abatidas por los golpes de la vida, sin embargo guardan consuelo y esperanza, una luz que las empuja a seguir, aquella realidad en la que todo algún día será mejor.


Comentarios

  1. Ese chicote se llama San Martín, muy famoso para castigar a los hijos.

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