El día que vendí cola
Era una noche de verano del 2001 cuando Sui Generis visitó Perú en su gira de reunión, por ese entonces yo no conocía al dúo conformado por Charly y Nito, es más como comenté en mi post sobre ¿Charly y Fito, los Mozart y Beethoven de nuestra época? había escuchado la melodía de Rasguña las Piedras en las misas de mi colegio, pero con una letra dedicada a la Virgen María. Mi bagaje musical en esa época no iba más allá del rock alternativo y la onda psicodélica encabezada por Janis Joplin y todos los del Club del 27. Del rock argentino solo había escuchado las clásicas canciones de radio y diez años antes animaba la limpieza de mi hogar con un casete de Vilma Palma y Vampiros.
Entrado el nuevo milenio ya era parte de una banda de rock, con solo 18 años soñaba con llenar estadios y grabar discos, ilusión que dicho sea de paso aún conservo aunque sea solo en sueños. Cuando me enteré que Sui Generis venía a Perú, Sinmundo como se llamaba mi primera incursión musical habíamos participado en diciembre del 2000 en un concurso llamado Barlovento en Barranco, el cual obtuvimos el humillante segundo lugar, como lo concebí en ese momento. Las noticias de que una banda legendaria argentina venía a Perú, no pasaron desapercibidos entre los viejos y nuevos amigos que hice en aquel concurso.
Así mismo, por esa época tenía un trabajo independiente por las mañanas, ya que mi anhelo de ser la nueva figura del rock nacional no veía frutos «económicos» es por eso que junto a mi compañero de ese entonces buscábamos cualquier «cachuelo» para vivir una vida al menos cómoda. Nos nos faltaba nada, teníamos comida, casa, música y seres que nos querían pero éramos muy tercos, no queríamos dar nuestro brazo a torcer ante un trabajo fijo de ocho horas.
La idea surgió de él, nos levantamos esa mañana del 18 de enero muy temprano, con el pan en la mano y un taza de café en la otra me dijo «apúrate que nos vamos hasta el Monumental» con la cara aún soñolienta y sin lavar, no entendía lo que estaba pasando ni porque tanto apuro si no teníamos horarios de trabajo a lo que luego agregó «vamos a vender cola» cortando un bostezo largo que había hecho para estirar mi cuerpo aún envuelto a la frazada caliente que no me dejaba ir, en realidad era yo la que no quería salir de la cama.
Habíamos recurrido a vender plásticos de todo tipo en la calle para mantener nuestra economía, pero ni por una catástrofe financiera me hubiera imaginado el tipo de negocio que estaba dispuesto a hacer ese día. Sin tener más opción de una apelación justa que la vergüenza anticipada me estaba causando, accedí.
Atravesamos Lima de norte a sur para llegar al Estadio Monumental, el viaje en la «Daewoo» fue más que desesperante, el tráfico, las bocinas, el calor del verano, la tortura de no saber que hacer en más de dos horas de recorrido y despertando una y otra vez preguntando si habíamos llegado, minaban mis esperanzas en aquel negocio.
Hasta que al fin llegamos, pero nos esperaba más camino a pie por recorrer hasta el lugar en lo que sería nuestro centro de operaciones. Los fanáticos de Sui Generis no fueron a vender cola pero ya habían acampado desde el día anterior formando una fila de más de cinco cuadras, seguimos el borde de aquella multitud para ver hasta donde terminaba pero era imposible encontrarle un fin, pensé «solo nos alcanzará para el pasaje de regreso». Mientras caminábamos entre los vendedores y cantantes con guitarra entonando los temas del dúo, divisamos a lo lejos a los integrantes de la banda que el mes anterior nos habían ganado en el concurso de Barlovento, ellos venían hacía nosotros buscando el inicio de la cola u otra puerta de acceso, mi primera reacción fue retroceder un poco buscando la mano de mi compañero para saber donde meter mi rostro, como si ellos supieran lo que fuimos a hacer. Pasamos por el lado de aquellos ex rivales musicales y nos dimos un apretón de manos dejándolos ir a disfrutar del concierto que ellos sí podían pagar.
Cuando encontramos el final de la cola nos habíamos dado cuenta que el negocio no iba a resultar tan rentable como habíamos imaginado, nos quedamos ahí un rato esperando que se llenara aún más para ir en búsqueda de dos potenciales clientes. Luego de dos horas o más de estar parados, mi socio salió a hacer la jugada, a la media hora regresó con una pareja que luego de posicionarse en el lugar que yo estaba cerró el trato entregando la suma pactada, la cual no recuerdo cuánto fue.
Luego de nuestra transacción no tan exitosa regresamos por donde vinimos viendo como llegaba más y más gente a llenar las colas del Estadio Monumental, éramos los únicos que regresábamos y la gente nos veía extrañados del por qué volvíamos si el concierto ni empezaba, al menos esa fue mi impresión.
La aventura culminó comprando un par de hamburguesas de suela de zapato aquellas que vendían por un par de soles con todas las cremas en la esquina de nuestra casa, a pesar del fallido intento comercial que nos sirvió solo para comprar nuestra grasienta cena nos sentíamos las personas más afortunadas del mundo porque nos teníamos el uno al otro y no importaba lo que hiciéramos con tal de hacerlo juntos, así sea vender cola.
Me encanto todo que has escrito, sé que los dos eran muy unidos y siempre trataron de hacer un negocio, como aquel cuando trajeron unas casacas abrigadoras, con motivos Incaicos, muy bonitas, que les compré y la tuve por muchos años, un abrazo Ely, siempre en la familia te recordamos con mucho cariño!!!!, cuídate!!
ResponderEliminar