Dolor de rodilla
Eran las 4 de la tarde cuando el sol aún asomaba en Berlín, el aire fresco vespertino acariciaba mi rostro, mis manos frías en los bolsillos y mi mochila a la espalda estaban listas para ir a la marcha. Mientras miraba los armoniosos colores que dejó el otoño y se asomaba un camino acogedor, a mitad del sendero interrumpió un pequeño punzón en la rodilla, como había pasado en la mañana no tomé en cuenta su llamado y lo ignoré, acomodé mi rótula y volví al paso, unos metros más adelante ese flaco punzón golpeó más fuerte, como un hachazo sin filo y casi paralizador, no puedo negar que el miedo se apoderó de mis pensamientos deteniendo mi marcha para pensar con claridad en lo que experimentaba.
La negación fue la primera etapa de una serie de sentimientos que vinieron luego, no podía creer que el desgaste de mis huesos ya estaba empezando, será eso? Pensé. La fortaleza de mi cuerpo se agota o solo quiere descanso? le exijo mucho a mi estructura ósea? continué diciendo para mi. Cuando la ira pidió permiso en mi mente, empecé a reprocharme por creerme la invencible e inmortal, luego sobrevino la depresión para dar paso a la resignación y aceptar que la caminata de hoy se había acabado.
Pero para coger el tren de las cinco tenía que caminar un poquito más, durante el trayecto agradecía a los semáforos en rojo para poder descansar, casi besaba a las bancas del camino que me permitían sentarme y con pisadas lentas bajé las últimas escaleras de la estación, subí al tren y me fui.
Con la rodilla envuelta en dolor y un corazón triste que aún se negaba a soltar sus caminatas largas, me senté en el último vagón del tren mirando a través de la ventana la lluvia que empezaba a caer, esa misma que ayer a la misma hora disfrutaba sin paraguas, lamenté mi estado pero afirmé para mi que haría caso a mi dolor para con él hacerme más fuerte y volver a disfrutar del maravilloso mundo a pie.
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